Historia del Arte Dominicano

El arte dominicano, en sentido estricto el producido en la Republica Dominicana desde la Independencia en 1844, tiene sus antecedentes históricos en las pictografías taínas realizadas con líneas simples y pigmentos vegetales sobre paredes rocosas, la cerámica y otras producciones "menores", y en la pintura y escultura religiosas españolas traída por los conquistadores desde los viajes de Colón.

Posteriormente a la Independencia, como en el resto de la América Hispana, las artes visuales siguen la senda del afianzamiento de la identidad nacional, sobre todo a través de los retratos de patricios y de un creciente reconocimiento del paisaje como un medio de descubrimiento y de identificación con el entorno. Igualmente, las modas del criollismo y el indigenismo se manifestaron en la pintura, y como suele ocurrir en las periferias artísticas, los elementos procedentes de los lenguajes visuales característicos de los movimientos surgidos en los centros del arte, específicamente en Paris y otras capitales europeas, aparecen mezclados de modo indiscernible. Realismo, romanticismo, neoclasicismo académico, e incluso ribetes simbolistas, se fusionan en la pintura de finales del XIX y comienzos del XX, en Sisito Desangles, Alejandro Piñeyro, Rodríguez Urdaneta o García Godoy.

Los maestros de la Plástica
Los primeros maestros en artes plásticas dominicana se remontan a los años treinta. A lo largo de las últimas siete décadas, la Escuela Nacional de Bellas Artes es la principal casa de estudios de donde proceden los más renombrados artistas plásticos dominicanos.


Años treinta
Joryi Morel, lo mismo que Federico Izquierdo, se forma afianzado en el corazón del Cibao (centro del país), y hace protagonistas de sus cuadros a la luz y al hombre de campo dominicanos. Su Campesino cibaeño , de la colección del Museo de Arte Moderno, es una exaltación de la nobleza y la elegancia innatas de las gentes del Cibao rural, con un luminismo que no siempre puede identificarse con el divisionismo de los impresionistas galos.

Jaime Colson absorbió la savia de las vanguardias estéticas en Francia y la transmitió, primero, a la joven vanguardia barcelonesa del grupo Dau al Set, y después a la de su propio país. Colson Conecta el espíritu clásico con el cubismo en su propia imaginería mulata y en la sensualidad de sus efebos, al mismo tiempo que reconstruye los vínculos de la geometría con el ancestro africano. Darío Suro, por su parte, con su formidable capacidad de evolución, es el camaleón del siglo. Absorbe durante seis décadas el aporte de los principales movimientos del siglo, en Iberoamérica, en Estados Unidos y en Europa, para asimilarlos a su propia visión de la raza y del erotismo, de la tensión entre lo abstracto y lo figurativo, entre el cuerpo como naturaleza dada y concreta y la imaginación pasional que lo anima.
La Escuela de Bellas Artes
La Escuela Nacional de Bellas Artes, una de las instituciones con las que Rafael Díaz Niese inicia la primera política cultural dominicana en plena dictadura trujillista, es el ámbito de acción de otra figura señera, la pintora Celeste Woss y Gil. Esta excepcional cultivadora del retrato y el desnudo, hija del ex presidente Alejandro Woss y Gil, formada en Cuba, fue la única artista dominicana tan absolutamente al día con la cultura de su época que pudo formar parte del profesorado de la Escuela (compuesto en su casi totalidad por exiliados españoles y centroeuropeos que huían de las contiendas de sus países de origen, debido a sus convicciones liberales o democráticas, en el caso de los primeros, y su origen judío en el de los segundos). De Woss y Gil cabe destacar sus Desnudos y su estupendo Mercado .

Años cuarenta. Actualización y autodefinición del arte dominicano
La influencia que se inicia con los propios maestros europeos, desde Joseph Gausachs a George Hausdorf, de José Vela Zaneti a Antonio Prats Ventos, no es, como en la época virreinal, una mera traslación de modelos metropolitanos, sino que la presencia de un desarrollo plástico dominicano preexistente da lugar al surgimiento de un arte con identidad propia, dada por los contenidos cifrados en el hombre antillano y la naturaleza, por el aspecto radiante de la luz e incluso por nuevos materiales que incitan a la experimentación. Marianela Jiménez, Clara Ledesma, Noemí Mella, Elsa Divanna, son algunos de los nombres más representativos de una generación de egresados de la Escuela Nacional de Bellas Artes en que se destacan las pintoras. En esta etapa, Eugenio Fernández Granell introduce el surrealismo en nuestro país, una vanguardia que, liderada en ese entonces por Bretón, mantiene aún su vigencia internacional.

Años cincuenta y sesenta. Un lenguaje críptico
A lo largo de los años cincuenta prosigue un desarrollo que se inclina en gran medida hacia el expresionismo, e incluso a la abstracción, posiblemente por varios motivos: expresión cifrada de las tremendas tensiones sociales de la ultima década de la dictadura, influencia del tenebrismo de Gausachs y de su discípulo Gilberto Hernández Ortega, de las corrientes expresionistas del centro de Europa, y del magisterio crítico de Manuel Valdeperes. Drama es lo que rebosa de la obra del propio Hernández Ortega, como su Lluvia en el Cementerio , o del Sacrificio del Chivo , de Eligio Pichardo, pintado en los inicios de la década siguiente, o del expresionismo posterior, pero con raíces en los cincuenta, de un José Rincón Mora; de la obra de Oviedo, de Ramírez Conde, incluso de Elsa Núñez. La introducción de la abstracción por Josep Fulop y Silvano Lora, a principios de los cincuenta, se inscribe dentro de esta necesidad de lenguajes cifrados.

Los setenta. La segunda ola expansiva
Los setenta son una época de expansión de la burguesía y del mercado, y de multiplicación de tendencias que van desde el hiperrealismo fotográfico de Alberto Bass hasta las abstracciones de Orlando Menicucci y de Geo Ripley (este ultimo en los linderos del minimalismo y el arte conceptual, incorporando elementos desdeñados de nuestra tradición multiétnica, como los contenidos relativos a los sincretismos mágico-religiosos afrocaribeños), además de ser la década a mediados de la cual se funda la Escuela de Altos de Chavón, que contribuirá a una orientación de la pintura y el dibujo y un desarrollo del diseño como forma de expresión creadora que alcanzara su punto de mayor desarrollo e importancia en los ochenta y noventa. La influencia norteamericana en la pintura se hace cada vez más evidente en el país.

La generación de los ochenta. Arte contemporáneo
Los años ochenta son en la pintura dominicana una etapa en que la necesidad de evasión surgida de la crisis económica determina un fuerte vuelco hacia la abstracción, ejemplificado por artistas como Pedro Terreiro o Carlos Santos. Pero a veces son artistas "consagrados", como Ada Balcácer, quien partiendo del análisis de la luz y el color que iniciara su maestro Gausachs llega a un autentico "impresionismo abstracto" en visiones deducidas de la sensación pura de la luz. Y otros como Inés Tolentino y Enriquillo Rodríguez articulan su lenguaje a partir de la fusión de signografías, figuración y abstracción. Empieza entonces el auge creciente de la instalación, en la que comienzan a destacarse nombres como los de Tony Capellán, Belkys Ramírez y Marcos Lora, y de la fotografía, que llevara al otorgamiento del gran premio de la XIX Bienal de Artes Plásticas a Luis Nova.

Al filo de la actualidad
Se entremezcla escritura, abstracción y figuración al paso de los noventa, conviviendo con la cita visual o fotográfica, con las evocaciones de la historia del arte, de los sincretismos religiosos, de la cotidianidad y la marginalidad social, los problemas como la migración, el abuso infantil o las alusiones al pasado personal o colectivo en expresiones cada vez más diversificadas. Tanto la instalación, el vídeo o la fotografía expresarán la simultaneidad de los tiempos históricos y el mestizaje cultural que nos anima. Desde el arte de acción hasta la cerámica artística, la gráfica, el dibujo, la pintura y escultura enfatizan el contenido. Los temas del género, de la corporeidad y el cuerpo semantizado, de lo sagrado, de la violencia, así como el afán por ser contemporáneos, se superponen y a menudo adquieren mayor importancia que la búsqueda de signos de identidad que prevalecieron en décadas anteriores.
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