GENERACIÓN ESPONTANEA DE LOS GÉRMENES - Enciclopedia de Tareas

GENERACIÓN ESPONTANEA DE LOS GÉRMENES


El problema de la generación espontánea ha sido frecuentemente analizado desde un punto de vista centrado en la cuestión del origen de los gérmenes o animálculos. Pero, existe otra cuestión que ha sido frecuentemente desconsiderada: no el origen de la materia viva, sino su transmisión y propagación. Si lo que nos interesa es analizar la historia de la higiene pública, el problema de la transmisión de los gérmenes no puede ser relegado a un segundo plano. El análisis de esta cuestión nos permite afirmar que, en ese punto específico, los argumentos de Pasteur parecen estar más cerca de las explicaciones de los infeccionistas que de aquellas consideradas por los contagionistas.

Para el higienismo clásico, sea infeccionista o contagionista, su tarea esencial era combatir los "gérmenes" o los "miasmas". Para ello, sería necesario conocer el modo como se producen pero también, y fundamentalmente, el modo como se propagan. Los gérmenes podían transmitirse por los propios enfermos, por sus ropas, por los animales, por objetos o por el viento a cortas distancias. Así, las medidas de los contagionistas deberían cortar, lo que hoy llamaríamos, "cadenas de transmisión" por los medios entonces conocidos: aislamiento y cuarentena. Los miasmas, por su parte, parecían emerger de los focos de putrefacción y desde allí diseminarse por el aire alterando no solo los fenómenos de la respiración sino toda la existencia humana. Entonces, las medidas de los infeccionistas se dirigían fundamentalmente a la desinfección de los espacios y a la purificación del aire viciado.

Pretendemos volver una vez más sobre la respuesta de Pasteur a los heterogenistas pero, esta vez, con la intención de observar hasta que punto estos argumentos pudieron influenciar la historia de la higiene pública. Para ello deberemos privilegiar el tratamiento dado al problema de la transportabilidad de los gérmenes sobre el problema, tantas veces analizado, del origen de la vida. Podrá objetarse que no es allí sino en los estudios posteriores sobre las enfermedades del gusano de seda y la rabia donde aparecen las contribuciones de Pasteur a la salud pública. Sin embargo, creemos que es posible sostener que ya existe en este debate una preocupación incipiente por la aplicación de la teoría de los gérmenes a la medicina y a la higiene publica (Pichot, 1993, p. 327), tal como podemos observarlo en esta referencia de Pasteur (1993, p. 110): "Yo creo que habría un gran interés en multiplicar los estudios sobre esta cuestión (se refiere al examen en microscopio del polvo suspendido en el aire) ... . Me parece que los fenómenos de contagio mórbido, sobre todo en las épocas donde ocurren las enfermedades epidémicas, tendrían mucho a ganar en los trabajos que prosigan en esta dirección."

Resulta difícil dejar de observar cierta proximidad entre los estudios propuestos por Pasteur y los trabajos realizados por los higienistas "aeristas" clásicos como Villermé, Parent du Chatelet y otros. Más tarde, los higienistas de las últimas décadas del siglo XIX, parecen haber perseguido el sueño, como afirma Darmon (1999, p. 270), de encontrar pruebas que les permitieran confirmar la "sagrada alianza" entre miasmas y microbios. Por el contrario, Ackerknecht (1982, p. 177) defiende la existencia de una línea continua entre los defensores del contagionismo, de Fracastoro a Pasteur, que se define por oposición a los infeccionistas. Dirá que es a partir de Pasteur que el contagionismo puede reivindicar, finalmente, su poder de establecer las causas de diferentes enfermedades. Entonces los tratamientos empíricos y sintomáticos serán sustituidos por tratamientos referidos a los agentes causas y a su prevención. Finalmente, podría ser dada una respuesta definitiva a la cuestión de si las enfermedades son producidas por miasmas, por agentes químicos o por seres vivos. Para Ackerknecht este "progreso de la bacteriología exigía la eliminación de la teoría de la generación espontánea, que aún no había sido completamente desacreditada. Este trabajo fue realizado por Pasteur en una serie de magistrales experimentos en 1862."

Microbiología e historia natural
Parece necesario que nos detengamos a analizar ciertas ambigüedades que se hacen presentes en la respuesta de Pasteur a los heterogenistas. La crítica de Pasteur a la generación espontánea permite modificar completa y radicalmente las explicaciones de los infeccionistas desplazando su mirada de los gases fétidos a los microorganismos, pero, paralelamente permite legitimar y dar continuidad a las prácticas y estrategias sanitarias que tenían por objetivo la purificación del medio. Finalmente los infeccionistas podían recurrir a explicaciones experimentalmente bien fundamentadas para dar continuidad a sus antiguas prácticas (Murard y Zylberman, 1996, p. 56).
Sin embargo no es posible limitar el alcance de esta discusión solo a la legitimación de esas viejas estrategias. Poco a poco las intervenciones de los higienistas serán cada vez más eficientes y específicas. Poco a poco se descubrirán nuevos agentes causales de las enfermedades, se podrán aislar estos microorganismos, cultivarlos, atenuarlos y proceder a la inmunización. Más tarde podrán especificarse y esclarecerse los diversos canales y formas de transmisión, los objetos como los trapos usados o los libros, y los vectores intermediarios vivos. Entre estos últimos, primero se reconocerá el papel que las moscas juegan en la transmisión de los microorganismos, en ese caso se trataba de simples agentes de "transportación", mas tarde, a partir de los estudios de Manson y de Finlay, se reconocerá el papel de los vectores intermediarios activos como el que juegan los mosquitos que transmiten la filariosis y la fiebre amarilla. Como afirma Ackerknecht (1982, p. 182), a pesar de los nuevos conocimientos relativos a los microorganismos productores de enfermedades, la génesis de muchas epidemias y sus mecanismos de contagio permanecieron misteriosos hasta la demostración del papel jugado por los vectores, o intermediarios, en la transmisión de las enfermedades.

El rol del portador sano humano, la identificación de los animales portadores de organismos parasitarios (perros portadores de rabia, o moscas que transportan parásitos) y el reconocimiento de que algunos microorganismos productores de enfermedades deben cumplir parte de su ciclo vital en el interior de ciertos animales que pueden albergarlos, se sucederán uno a uno después de las primeras conquistas de la microbiología (Ackerknecht, 1986, p. 182).

Pero, para que esta sucesión de hechos pudiera ocurrir parecía indispensable, en primer lugar, poner fin a las especulaciones sobre la generación espontánea. Para poder especificar las formas y los medios de transmisión era necesario reconocer que las enfermedades infecciosas (aquellas que entonces llevaban el nombre genérico de enfermedades pútridas) tenían necesariamente una causa que provenía del exterior. Era necesario partir de la afirmación de que ninguno de esos "corpúsculos vivos" que podían ser observados, sea en las infusiones, sea en las heridas (como lo verá Lister), sea en la sangre de los enfermos, podía ser considerado como espontáneamente producido. Primero había sido necesario establecer que los fenómenos de fermentación y putrefacción no tenían como efecto la producción de gérmenes, sino que estos eran, mas bien, su causa. Entonces, solo cuando se hubiera podido determinar que los corpúsculos organizados diseminados en el aire eran la causa directa e inmediata de los gérmenes observados en los infusorios, se podrían formular nuevas preguntas relativas a la propagación y transmisión de esos microorganismos.

LA CONTROVERSIA DE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA
La comprensión verdadera de la importancia de los microorganismos en el mundo comenzó como resultado de la controversia sobre la generación de materia viviente a partir de la materia muerta.

En un principio existían dos escuelas bien definidas de pensamiento: aquélla que tomando a Lucrecio al pie de la letra apoyaba la idea de que se podrían generar animales a partir de materia muerta gracias a la existencia de una "fuerza vital" (generación espontánea) y la que decía que la vida sólo se genera a partir de vida (en latín omne vivum ex vivo).

Los antiguos que creían en la generación espontánea daban recetas para preparar "ratones" a partir de comida en putrefacción. Opuestas a este punto de vista eran las ideas de Redi, quien en 1668 mostró que la aparente generación espontánea de larvas en la carne provenía de la visita de las moscas que ponían huevecillos sobre ella. Sin embargo, Needham, otro investigador, hirvió extracto de carne en un frasco, lo tapó y encontró que después de algunos días aparecían criaturas que se movían. Esto, aunado a la idea de que los organismos vivientes morían al ser hervidos, llevó a pensar que dichos organismos eran realmente producto de la generación espontánea.

Más tarde, Spallanzani llevó a cabo experimentos más cuidadosos con los que demostró que los organismos grandes eran destruidos al ser hervidos durante 30 segundos, pero los microorganismos sobrevivían y se desarrollaban aunque los frascos estuvieran herméticamente cerrados. Después de muchos ensayos, encontró que si hervía los frascos parcialmente cerrados durante 45 minutos, el contenido se mantenía sin contaminarse casi indefinidamente, y sólo si se permitía la entrada de aire, el contenido entraba en putrefacción rápidamente. Estos resultados llevaron a pensar que, al hervir el contenido, el aire del frasco se hacía inadecuado para la existencia de vida en su interior y esto era interpretado como la ausencia de la "fuerza vital".

Un cocinero francés, llamado Francois Appert, a principios del siglo XIX desarrolló el arte de preservar comida en frascos sellados: lo lograba hirviendo el contenido dentro del frasco y cerrándolo sin permitir la entrada de aire fresco. Observó que así el contenido se mantenía libre de microorganismos por tiempo indefinido. Este hallazgo lo llevó no solamente a fundar una importante industria, la de las conservas, sino a ser inmensamente rico.

La objeción a los experimentos de Spallanzani de que al hervir el contenido de los frascos se terminaba con la "fuerza vital" fue descartada por un experimento de Schultze en 1836. Éste consistió en que el recipiente que contenía extracto de carne fue conectado a otros dos recipientes, uno de los cuales contenía ácido sulfúrico y el otro potasa; a través de éstos se hizo pasar lentamente aire fresco todos los días durante tres meses y el extracto de carne no se contaminó. La clave del éxito de este experimento se debió a que las conexiones con ambos recipientes se hicieron inmediatamente después de hervir el extracto de carne, lo cual evitó la contaminación del extracto.

Theodor Schwann, en 1837, llevó a cabo un experimento similar, pero la diferencia consistió en que el aire fresco se hacía pasar por un recipiente que contenía un metal fundido en ebullición y de esta forma cualquier materia orgánica se mantenía estéril en el interior. Sin embargo, cuando se dejaba pasar aire fresco sin entrar en contacto con el metal fundido, el contenido se contaminaba invariablemente, con bacterias para el caso del extracto de carne y con levaduras para una solución con azúcar. La interpretación que dio Schwann a sus resultados fue la siguiente: "Los microorganismos que deben estar presentes en el aire son destruidos al hacer pasar el aire por un líquido incandescente. Por lo tanto, la putrefacción sin duda se debe al hecho de que estos gérmenes, al nutrirse y desarrollarse a costa de esta sustancia, la descomponen y sobreviene la putrefacción."

Fuentes:
1. http://www.scielo.br/
2. http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx