PENSAR LA PALABRA ARQUITECTURA - Enciclopedia de Tareas

PENSAR LA PALABRA ARQUITECTURA


La arquitectura es uno de tantos términos, que casi sin darnos cuenta, se ha ido llenando de distintos y en algunos casos, equívocos significados. Recordemos que la palabra arquitecto: viene del griego arkhitékton compuesto de árkho “soy el primero” y tékton “obrero” derivado de tikto “produzco” “doy a luz” Es decir; el primero de los obreros que producen.

En el lenguaje de los especialistas, la palabra tiene tres acepciones distintas; la arquitectura como disciplina, ciencia o arte de pensar, proyectar y construir espacios habitables; la actividad, el estilo o una manera de “hacer obras”. –el “arquitecturar” – y en tercer término, es la palabra con que designamos al producto de nuestro hacer, tanto una obra como un conjunto de obras arquitectónicas. La disciplina, la actividad y el producto.

Para los efectos de nuestro discurso, entenderemos a la Arquitectura como la ciencia y el arte de pensar, proyectar y construir; a la actividad como el “hacer arquitectura” y al producto de dicho hacer como el objeto o la obra arquitectónica.

Pensar los objetos
El hombre ha sido definido por los antropólogos, en sus etapas primigenias, como un “hacedor de herramientas”. Desde otra disciplina del conocimiento Freud nos dice:
“…los primeros actos culturales (realizados por el hombre) fueron el empleo de herramientas, la dominación del fuego y la construcción de habitaciones.”

El hombre como hacedor de objetos arquitectónicos necesarios para su subsistencia. El universo de objetos que el hombre ha producido es susceptible de ser clasificado. En primer término, tenemos las herramientas o instrumentos que utilizamos dominantemente con dedos y manos: lápices, plumas, pinceles, bisturís o martillos, reglas y demás. Después, los objetos corporalmente necesarios para desarrollar muchas de nuestras actividades, es decir, los muebles: sillas, mesas, camas, escritorios. Son objetos ante los cuales –especialmente hablando- estamos siempre junto, atrás o delante, arriba o abajo a un lado. El tercer tipo de objetos, dentro de nuestra clasificación, lo constituyen los objetos arquitectónicos. Su especialidad consiste en ser objetos que penetramos para habitarlos. Objetos que son a la vez continentes de otros objetos –muebles e instrumentos- y personas.

Objetos ante los cuales, no estamos junto sino dentro. Nos envuelven y por tanto nos convertimos en su contenido principal. Nuestra necesidad inexorable de habitar les da su característica básica: la habitabilidad.
Y claro, dentro de estos tres tipos de objetos hay combinaciones posibles. Por ejemplo, un coche seria un objeto construido con la finalidad principal de desplazarse a altas velocidades y que en forma complementaria habitamos y con el que nos relacionamos corporalmente, nos sentamos o recostamos en él y además usamos algunas de sus partes con las manos y pies para conducirlo.

Anotamos aquí, en forma breve que potencialmente todos los espacios que nos rodean son habitables aunque con distintos niveles de habitabilidad en función de la frecuencia y la duración de nuestro contacto con ellos. Un sendero en el bosque o la cima de una montaña tienen un grado de habitabilidad mucho menor que el de los espacios que consideramos arquitectónicos
Habitar

La relación entre el hombre y los objetos que lo contienen es sin duda, una relación sumamente compleja, imposible de agotar en unas cuantas líneas. Una relación que tiene posiciones extremas, desde la identificación total: “yo soy el espacio que habito, el punto de origen de toda actividad…” o bien la misma idea en otros términos: “Je suis l´espace ou je suis.”
El hombre utiliza los espacios arquitectónicos de la única manera posible: habitándolos. Somos sus habitantes o sus habitadores. Se usan un lápiz o unos zapatos. Las obras las vivimos y las habitamos. Una relación que va mucho más allá de la simple acción de usar. El uso se convierte, en muchas ocasiones, por fuerza de la costumbre, en un acto mecánico, casi irracional.

El habitar en cambio implica una relación comprometida, consciente y activa. Una relación que viaja en dos direcciones. Habitamos y somos habitados.

Esta difícil y compleja relación queremos ilustrarla con la visión desde fuera, de algunos autores no arquitectos. Veamos unos ejemplos.

“Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombre. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres…”
En otras palabras, una casa solo es tal cuando el hombre la habita, la vive colmándola con sus costumbres, sus anhelos, sus angustias, sus sueños.

Nazario Chacón, poeta mejicano, escribió.
“no quiero que me duelan las paredes de mi casa/ que nadie diga que me mire al espejo/ ni que tire para siempre mis zapatos/ que perdieron su color por la distancia/ constrúyela… para que converse conmigo/ y ponle mil ventanas que den al paraíso.”
No les parece una hermosa idea?: “constrúyela… para que converse conmigo”. Que yo pueda dialogar con mi casa, que sea mi reflejo, mi compañera de sueños y angustias. Que sea mía, que yo sea ella. Con una sola condición… que no duela.
Los espacios son parte de nosotros. Y nosotros de ellos. Al visitar una casa, aun sin conocer a quien la habita, podemos tener una idea muy cercana a su realidad, a sus gustos y preferencias; a algunos de sus obsesiones. Son nuestra cara hecha piedra, nuestra voz apresada en sus paredes. Una sola sugerencia a manera de conclusión. Dejemos para los zapatos, los lápices y las camisas el uso y el desgaste causados por sus “usuarios” y reconózcameles a nuestras “grietas” y sus murmullos, a nuestras paredes pintadas con amor y lagrimas, a los espacios que nos envuelven; en justa correspondencia, la posibilidad de vivirnos y de habitarnos.

Fuente:
Arquitexto,Vitruvius. Recuperado el 27 de Enero del 2014, de: vitruvius.com.br
Pensar y habitar
Alfonso Ramírez Ponce